sábado, 20 de mayo de 2017

Día del Psicólogo-a



Hoy se ha celebrado el día del psicólogo ¡Qué alegría! 
¿Habrá algún Santo o figura que tengamos adscrito? En mi Facultad celebrábamos a Juan Huarte de San Juan como patrón. 





El caso es que aprovechando el día que es, quería contaros algo, hacer un homenaje a mi profesión.
No recuerdo exactamente cuándo decidí estudiar psicología. Siempre había querido ser otras cosas, y no las explicaba a nadie porque me daban vergüenza (cantante, artista, escribir…) Pero sí recuerdo el momento en que una chica de mi clase del instituto lo dijo, y dentro de mí algo hizo clic. Me dije “Sí, eso, eso, Cristina”. Y no me lo pensé. Años después descubrí muchos momentos clave de mi vida que tuvieron que ver en aquel clic.

Octubre 1989. Recuerdo el miedo que pasé el primer día de clase, visualizo la rampa que bajaba hasta el Sótano 2. Yo era muy tímida, mi estrategia era intentar “pegarme” a gente que me mirase bien, hacer amigos si se podía, atender mucho en clase, y sólo ir al bar a por el café de las 5 y media. 
Me encontré asignaturas con nombres científicos. Sí. Nombres de pesadilla para mí eran: Estadística Inferencial, Psicología Experimental, Psicofisiología del SN… No quiero aburrir. Es claro y desde el principio que nos habíamos metido en una disciplina  que utilizaba el método científico, que intentaba conocer al ser humano con los mejores métodos a su alcance. Y eso requirió por nuestra parte, hincar codos, hacer prácticas, estar hasta las tantas estudiando… Aquello ya pasó. 
Luego me di cuenta de que había que actualizar, mantener, y seguir ampliando nuestras destrezas. Me encanta saber que la psicología no tiene fin, y que tenemos que estar activos y actualizando sin parar.

En fin, hoy reía porque cuando un colega me ha felicitado, he pensado que sí, que nos merecemos tener un día, . Un reconocimiento, aunque sea un poco de atención durante 24 horas que haga foco en nosotros.  
Y venían a mi memoria esos momentos estelares que tenemos en común los colegas de profesión. Señales de cómo es reconocida, o no,  la labor de la psicología en España. 




Imaginad: Una persona que llega a tu consulta y lo primero o lo segundo que te dice es “Yo no quería venir, ha sido fulanito quien me ha insistido, porque ¿sabes?, yo no creo en la psicología.” (Aquí suenan en mi cabeza los platillos esos del club de la comedia cuando alguien hace un chiste). Pero sigo escuchando lo que me dice, pues sé que aunque desconfíe, algo le ha hecho concertar su cita conmigo.
En esos momentos mágicos, en los que te mantienen esa mirada, a veces desafiante y a veces asustada, imagino fugazmente lo absurdo que sería ir a la pastelería de la esquina y decir “No creo en la repostería francesa” o  que se me rompiera una cañería y cuando llegue el técnico recibirle con un contundente: “No creo en la fontanería.” 

Vamos, que si algo se nos puede valorar a los psicólogos, además de lo que es de ley, es la paciencia que tenemos y las ganas de hacer pedagogía para que todo el mundo nos conozca y confíe, como confiamos en un fontanero, en un profesor, dentista, frutero, arquitecto, dermatólogo…

Pero sí, si hay personas que aún no confían,  esto es porque algo no hemos hecho bien


  • Quizá aún nos confunden con la figura del “confesor”, y confunden nuestra disciplina de conocimiento con una religión o creencia cuando no es así.

  • Sin embargo es cierto que hay muchas Escuelas Psicológicas diferentes y aunque se utilicen muchos tratamientos y diferentes,  de algunos no se conoce su eficacia a niveles científicos, y de otros sí. También es verdad que nuestro objeto de estudio ha sido intangible en un gran porcentaje. Y que la psicología experimental por ello es algo de lo más difícil y creativo que yo imagino. Continuemos. Depende de la Escuela, hay psicólogos que aceptan evidencias de que un tratamiento funciona con estudios de caso único, otros que validan sus tratamientos con estudios longitudinales, transversales. Se diseñan experimentos, se analizan los datos, se correlacionan factores, y con la Neurociencia en auge  cada vez sabemos más del funcionamiento del cerebro y comenzamos a poder explicar mejor muchos de los fenómenos que ocurren en nuestra mente. Estamos viviendo ahora mismo un momento emocionante de cambios en nuestra querida Psicología. Gracias a la medicina, y a la neurociencia en concreto, estamos avanzando mucho.

Pero de momento así están las cosas. Un profesional de la psicología se mueve entre unas estanterías largas y altísimas, llenas de baldas donde se hay distintos tratamientos, algunos validados empíricamente, otros menos, y otros nada. La elección es del profesional. Y es un acto responsable. Para ello tenemos un Colegio Profesional.  Aunque aún queda mucho por hacer. 


  • Cada profesional pasa por su propio proceso de desarrollo una vez terminada la carrera. Yo fui probando diferentes tratamientos en mi trabajo personal, en mi proceso de psicoterapia. Los que me decepcionaron por su falta de efectividad los fui abandonando para dejar espacio a otros que sí. Fue duro, yo también quise creer sin pruebas, y no pude mantener este pulso. Soy ecléctica, también leyendo, formándome en diferentes corrientes, llevo años adquiriendo herramientas que hoy llevo en mi maletín de psicóloga, en mi mente. 


  • Añadiremos a este panorama a las llamadas “terapias alternativas”, (que no curan pero dan gustito). Para mí, que lo he vivido de cerca, esto también ha influido en desinformar qué es Psicología. Me explico. Hay muchas personas no licenciadas en Psicología, que hacen cursos de terapias varias y abren una “consulta”. Sin conocimientos suficientes acerca del funcionamiento del cerebro, del sistema nervioso, sin conocer criterios de salud y de enfermedad, se lanzan a “hacer terapia”.  Y hay personas que creen que yendo a su consulta han ido “al psicólogo”. Además, también hay psicólogos que incluyen en su carta de servicios estas terapias. Y tienen su clientela. Y hay algunos que dicen ser psicólogos y no lo son.

  • Yo pienso que para afirmar que algo no sirve, es conveniente probarlo. O por lo menos eso intento. En una etapa de mi vida me formé en Reiki y lo utilicé conmigo, hasta que mi mente me planteaba más dudas que evidencias de que la imposición de manos me llegara a hacer efecto. Sé que me relajaba, al respirar suavemente, tumbada y calentita, y ya está. Pero no sé si este efecto se puede atribuir al Reiki, o a que yo respiraba y me relajaba. Nunca me curó nada, eso sí que lo tengo claro. Así que concluí que lo que hace que alguien confíe en Reiki por ejemplo es junto con el “gustito”, la fe en que eso te va a salvar, mágicamente, de tu sufrimiento, sin que hagas tú nada más. Es el ideal de mucha gente que viene a consulta, pero de eso hablo otro día, que me estoy alargando.

  • Por poner un final a este cuento que intenta explicar por qué hay humanos que “no creen en la psicología”  sólo añadiré a la cantidad de coaches “expertos en Inteligencia Emocional”, por poner un apellido, que sin haber estudiado psicología se plantifican delante de ti para ayudarte a ser “la mejor versión de ti mismo”. Tampoco saben detectar si una persona padece un trastorno, etc.

Todo esto hace que a nuestra profesión la envuelva aún un halo de neblina pegajosa que llamaremos desconfianza, por ser concretos. 

Así que, señor-de-la-mirada-desafiante-que-en-el-fondo-tienes-miedo-de-mí-porque-crees-que-como-psicóloga-leo-la-mente (sí, la tele hace mucho daño a la profesión también)
Decirte, como te digo cuando vienes, que te entiendo.
Y que voy a trabajar todo lo que pueda siempre para hacer que mi profesión llegue a donde tiene que llegar, y realice su trabajo.
Un abrazo empírico  que no podré verificar si os llega, pero tengo fe en que sí. 

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